Lo que aprendí viendo Envidiosa: no solo la protagonista decide mal… también lo hacemos nosotros

En casa nos reímos mucho con Envidiosa.
La protagonista tiene dos talentos maravillosos:

  1. Ser envidiosa patológica (como promete el título).
  2. Tomar decisiones tan malas que casi son arte contemporáneo.

Hace cosas impulsivas, se mete en líos innecesarios, dramatiza lo que no toca… y luego se arrepiente SIEMPRE. La ves actuar y piensas: “¿Pero quién decide así?”

Hasta que un día, mientras la veíamos —nosotros con luz roja puesta, porque lo friki se lleva en esta casa— me vino una idea a la cabeza:

¿Y si parte de sus malas decisiones no fueran “de personaje”, sino de fisiología?
¿Y si la luz, las horas del día, y su propio ritmo interno tuvieran más influencia de la que pensamos?

A ver, que la protagonista sea un poema emocional no ayuda…pero la pregunta me quedó rondando.

Decidir también es biológico

Porque decidir no es solo algo mental. Es circadiano. Es neuroendocrino. Es biológico.
Y sí, también es lumínico.

Y aquí llega el punto curioso: cuando te pones friki con el tema (culpable), descubres que tu cerebro no decide igual por la mañana que por la tarde, ni bajo luz natural que bajo luz azul de pantallas.
De hecho, hay momentos del día en los que tu claridad sube como la espuma… y otros en los que tu cerebro está para decidir si quieres agua o agua, y gracias.

No voy a contarlo entero, porque para eso preparé una guía donde lo explico sin rodeos:
cuándo tu cerebro está en modo estrategia, cuándo está en modo caos y cuándo está en modo “igual mejor no decido nada”.

Lo suficiente como para que no acabes tomando decisiones “nivel Envidiosa” sin darte cuenta.

decisiones y ritmos circadianos

¿Y si no decides mal… sino en el momento equivocado?

Si alguna vez has sentido que decides mal, o tarde, o impulsivamente (y luego te arrepientes)… quizá no eres tú: es el momento del día, la luz y tu biología tirando de los hilos.

Si quieres entenderlo de forma clara y práctica, aquí puedes descargar la guía.

Después de leerla, te prometo una cosa:
volverás a ver Envidiosa con otros ojos…
y quizá, solo quizá, te rías un poco de ti también.

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